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Dos tazas de rayas al sol en el alféizar de una cocina

Empezar el D/s estando ya en pareja

Casi todo lo que se escribe sobre dominación y sumisión da por hecho que estás buscando a alguien. Esta guía es para el caso contrario y bastante común: dos personas que ya llevan tiempo juntas y que quieren probar esto entre ellas. Cambia más cosas de las que parece, y no todas a peor.

Nadie llega a esta conversación en el mismo punto

Casi siempre lo saca uno de los dos. Quien lo saca lleva meses leyendo, imaginando y poniéndole nombre a lo que quiere; quien lo escucha se lo encuentra de golpe una noche cualquiera. Tratar esa conversación como si los dos partieran de lo mismo es el primer error, y el más fácil de cometer. Quien propone tiene ventaja de información y le toca la parte incómoda: explicar sin vender, y aguantar que la respuesta tarde.

También conviene distinguir dos noes que suenan igual. «No me interesa» es una respuesta y se respeta. «No sé qué es esto» no es una respuesta todavía: es alguien que necesita información y tiempo, y que a lo mejor contesta otra cosa dentro de tres semanas. Confundir el segundo con el primero cierra la puerta antes de que nadie la haya abierto; forzar el segundo hasta convertirlo en el primero es peor.

Los papeles no se reparten por cómo sois fuera

Hay una suposición muy extendida y que falla mucho: que quien lleva la voz en la relación, en el trabajo o en la casa es quien va a dominar. Muchas parejas descubren que el reparto obvio estaba justo al revés, y que quien organiza la vida de todo el mundo lleva años queriendo que alguien decida por él un rato. Merece la pena probar sin haber firmado nada, y merece la pena que la primera conversación no empiece con los papeles ya asignados. La página de roles cuenta lo que significa cada uno y por qué las fuentes no se ponen de acuerdo en algunos.

Aquí no hay puerta de salida, y eso lo cambia todo

Una escena entre dos personas que se acaban de conocer termina y cada cual se va a su casa. Entre vosotros, no: mañana desayunáis juntos. Eso hace que la negociación y el cuidado posterior importen más, no menos, aunque la confianza previa invite a saltárselos. La objeción clásica —«una palabra de seguridad entre nosotros no hace falta, nos conocemos»— está exactamente del revés: la necesitáis porque vais a llegar más lejos que dos desconocidos, y porque aquí el silencio incómodo no se resuelve marchándose.

La trampa de usar la dinámica para arreglar otra cosa

Si hay un conflicto abierto en la pareja —un reparto de tareas que escuece, una discusión que vuelve cada mes, celos sin hablar—, el protocolo no lo va a arreglar. Lo va a codificar. Una regla que convierte en obediencia lo que en realidad era un enfado sin resolver le da forma de acuerdo a algo que no lo es, y el día que la regla se incumpla saldrá el enfado entero y con intereses. Primero se cierra la discusión como pareja; después, si os apetece, se juega.

Por dónde empezar en la práctica

  • Una cosa concreta y pequeña, con principio y final, en vez de un acuerdo general de veinticuatro horas. Lo grande se construye después.
  • Palabra de seguridad desde el primer día, aunque parezca de broma tenerla entre vosotros.
  • Hablar al día siguiente, con luz y vestidos: qué gustó, qué sobró, qué no se repite.
  • Y si algo sale raro, no se convierte en un tema tabú: se cuenta. La guía de negociar una escena sirve igual para la primera vez que para la vigésima.

La sala de la casa está llena de parejas que llevan años en esto y de otras que empezaron el mes pasado; preguntar en abierto cómo lo llevaron otros es gratis y suele dar mejores respuestas que cualquier artículo. Y si lo que buscáis es abrir la pareja a otras personas y no jugar entre vosotros, eso es otra cosa: lo cuenta la guía de la frontera entre lo liberal y el BDSM.

Estas guías cuentan cómo se hacen las cosas en la comunidad; no sustituyen a un profesional sanitario ni al sentido común. Las normas y la página de seguridad completan el cuadro.